1 oct 2016

EL INQUIETO APRENDIZ - 1º PARTE


La historia de Gorosuke continuará, pero he decidido darle un pequeño descanso a la acción para presentaros a otro de los 5 miembros que formarán el equipo. Se que dije que solo iba a contar la historia de como se unió Gorosuke en ese grupo, pero bueno, tengo ganas de contar una pequeña intro de todos los Pjs, ya que las demás historias van a ser mucho mas cortas, ocupando uno o dos capitulos solamente. 
En esta historia de dos capitulos os presento a Taro, un inexperto y travieso monje cumpliento una rutinaria mision para mejorar sus habilidades como monje. Puede que por ahora no sea demasiado fuerte, pero no hay que olvidar que es el hijo de la persona mas poderosa de toda Shihon, el alto sumo sacerdote Fukumatsu Meiji y quizás haya heredado algo de su potencial.

- LISTADO DE CAPITULOS.


EL OBON DE MAOSHI




- ¿No creéis que este chico es muy joven para ser un monje?
- No seas estúpida, se puede ser monje desde más joven incluso.
- Ya lo sé, viejo amargado, pero me refería a un monje onmyoji.
- Pues yo creo que para su edad está haciendo bien su trabajo.
- ¡Pues yo no lo creo¡ Jovencito ¿No eres demasiado joven para ser un sacerdote Onmyoji?

- ¿Y vosotros no sois demasiado viejos para asustaros por unos fuegos artificiales? Callaos de una vez y volved a la tumba, no me hagáis el trabajo más difícil – Les respondió el joven sacerdote, el cual recibió un fuerte coscorrón en la cabeza por dar esa fea contestación.

- Oye Taro-chan, trata con respeto a esos venerables fantasmas – Le reprendió su compañero sacerdote, medio siglo mayor que él.

- No me llames Taro-chan – Dijo el niño bastante ofendido – Llámame Taro-Sama, viejo Nuppeppo (Los Nuppeppo son unos Youkai similares a una enorme y deforme cabeza con tantas arrugas y pieles flácidas que pareciera estar derritiéndose.)

Taro era, como todos afirmaban, muy joven para ser un sacerdote Onmyoji, a los 13 años de edad no era común en un monje tener tanta responsabilidad, pero pese a tener una personalidad impulsiva e irrespetuosa como cualquier adolescente de su edad, Taro era increíblemente dedicado y talentoso en su trabajo. Esto era así porque para él, ser un monje no era una profesión, ni siquiera una vocación, era un hobby. A Taro desde siempre le han fascinados los relatos de fantasmas misteriosos, de armas legendarias bendecidas por los dioses, de peligrosos youkais de mil formas que atemorizan a poblados enteros… pasaba horas y horas, días y días, meses y meses leyendo pergaminos sobre diferentes casos de maldiciones y leyendas, sin olvidarse nunca de recitar los sutras y oraciones obligatorias para un monje. Pasó su infancia leyendo y orando, no acostumbraba a salir a jugar y relacionarse con otros niños; Nadie duda de que esa sea la razón de su complexión casi enfermiza, demasiado bajo y delgado para su edad. 

- ¡No me llames Nuppeppo! – Le gritó molesto por esa falta de respeto - No me importa que seas el hijo del sumo sacerdote, para mi eres un sacerdote como cualquiera de nosotros. Le prometí a tu padre que te vigilaría y te entrenaría, así que respétame como si se tratara de él.

- ¡Pero yo soy un sacerdote de dos estrellas y tú solo de una Hiroto ossan¡ (Viejo Hiroto, Hiroto es el nombre del monje tutor de Taro) – Taro se señaló con el pulgar luciendo una cara de gran orgullo – Tu eres el que debería obedecer mis órdenes – Colocó los brazos en jarra y miró ligeramente al cielo de forma arrogante y burlona.

- No eres un monje de dos estrellas maldito mentiroso, vistes el naranja como todos nosotros – Con un gesto abarcó a los otros 3 sacerdotes que estaban trabajando por el cementerio. – Tienes el potencial para convertirte en uno, pero para ello aun tienes que aprender a controlar tu Shikigami – Señaló la ninjato (Espada ninja) que Taro portaba en la cintura y este al considerarlo una ofensa la agarró para protegerla su vista. – y pasar unos años para ganar algo de experiencia y sabiduría, entonces Taro-chan, podrás ir a luchar contra Youkais y romper maldiciones, pero ahora lo que te toca es poner en calma a los espíritus de este cementerio.

Taro miró desganado el cementerio, era un campo enorme, con varios miles de lapidas de piedra dispuestas en una irregular colina verde que descendia hasta un rio. Las lapidas tenían forma de una pequeña columna rectangular donde estaba escrito el nombre del difunto. Las había de diferentes alturas, grosores y colores, pero ninguna llamaba especialmente la atención. En casi todas ellas prendían unas olorosas ramitas de incienso cuyo olor inundaba los alrededores; varios cientos de intensos olores distintos que aturdían los sentidos de los vivos, aunque tranquilizaban a los muertos. Los cinco monjes llamados para realizar la tarea no estaban solos, cientos de personas recorrían los caminos del cementerio, limpiando las tumbas, dejando ofrendas, orando y poniendo al día a sus seres queridos, porque hoy era un día especial en la ciudad de “Maoshi”, hoy se celebraba el Obon (día de los difuntos). 

Maoshi era una ciudad importante que tenía la bonita tradición anual en la cual, en la noche de luna nueva de agosto, depositan en el agua pequeños faroles flotantes con el nombre del familiar al que va destinado la ofrenda. Esta tradición se conoce como “Torou Nagashi” y se celebra en todo Shihon, aunque la peculiaridad de Maoshi es que antes de proceder a dejar en el riachuelo los cientos faroles que formarán la fúnebre pero hermosa procesión que iluminará ambas orillas durante varias horas, se lanzan al aire los “Hanabi” (fuegos artificiales) para con su estruendo despertar a los muertos de su letargo y avisarles de que ya ha llegado el Obon y que pueden recibir la visita de sus familiares.

Pero esta práctica tiene un daño colateral por la cual es desaconsejada desde el templo Omnyodo, y es que despierta a todos los espíritus del cementerio, y al tratarse de un cementerio tan grande hay muchos difuntos que no quieren o no deben ser despertados. Así que, cada año el Fudai-Daimyo (Daimyo de menor importancia, similar a un alcalde) de Maoshi paga al templo Omnyodo para poner en calma a aquellos fantasmas que no encuentran la paz a la mañana siguiente al festival. 

Y en esa tesitura se encontraba Taro, parado frente a la tumba de tres fantasmas de viejos amargados que no habían recibido la visita de su familia y que tenía que poner en calma para que dejaran de molestar. Y tras estos tres, casi un centenar de fantasmas le esperaban, para ser convencidos de dejar de molestar y volver al más allá. Todos lucían como en su último momento de vida pero vistiendo un kimono blanco, y tanto cuerpo como vestimenta eran transparentes y vaporosos, se podía ver a través de ellos, acentuándose más la transparencia en las piernas donde sufría un degradado que llegaba volverse completamente invisible.

- Esto es un rollo… - Masculló en voz baja Taro. - Cuando yo sea el sumo sacerdote se va a enterar Hiroto cara de nuppeppo. – Estaba muy aburrido, esa no era su visión idealizada de lo que era ser un sacerdote onmyoji. - ¡Y vosotros! – Dijo señalando a los tres fantasmas – Ya os vale ¿no? Venga ya y volved a vuestras tumbas. – Dio unas palmadas suaves para meterles prisa.

- Pero es que estoy muy molesta con mi nieta Joven monje – Le dijo la fantasma anciana. – Sé que ha tenido una hermosa niña hace más de un año y aun no la ha traído a presentármela. No hay derecho a que me trate así…

- ¡Oi baba! (Vieja) ¡Eso no es un buen motivo para andar por aquí liándola! – Taro gesticulaba fuerte con los brazos mientras daba pisotones de indignación en el suelo. 

- Mmmmmm… - Taro estaba concentrado pensando con los brazos cruzados mientras emitía un sonido que hacia parecer que lo que estaba haciendo era trabajoso. ¡Wakata Wakata! (De acuerdo, de acuerdo) Haremos lo siguiente, tu vete al más allá, y cuando termine este trabajo te prometo que iré a buscar a tu nieta y le diré que la siguiente vez que venga a visitarte se traiga a su hija. ¿Te parece bien?

- ¿Ontoni? (¿De verdad?) – La señora mayor cambió su cara por una más alegre – Mi nieta se llama Makoto Shiresawa y vive en el distrito oeste. – La anciana comenzó a brillar – Te lo agradezco mucho joven Monje, ¡Arigato! – La anciana desapareció en un destello.

- Por fin… ¿Y a ti que te ocurre Jiji (viejo)? – Esta vez se dirigía al fantasma de la tumba en el centro.

- ¿A mí? Mi familia ya no me trae ofrendas como antes… - El viejo parecía muy decepcionado. – Hace 4 años que no pruebo nada de Sake. 

- ¡Eso no es un problema de verdad! – Taro se enfadó seriamente – No puedo creer que me estéis robando mi tiempo de esta manera… ¡Esta bien! Ya sé que podemos hacer…
Se acercó al oído del fantasma y se colocó la mano frente a la boca para que lo que iba a contarle no fuera escuchado por nadie más, ni sus labios fuesen leídos. El fantasma parecía sorprendido.

- ¿Ves a ese tipo de allí? – Le susurró mientras señalaba con el pulgar disimuladamente a su mentor Hiroto – De esto que voy a hacer no debe enterarse ¿De acuerdo? – El anciano asintió dos veces un poco sorprendido y absorto en la intriga en la que lo había sumido el joven monje. – Aquí guardo un sake especialmente valioso que solo usamos en ofrendas para los más importantes dioses, es un sake sagrado, muy escaso y de un sabor tan extraordinario que nos hicieron prometer que solo se lo serviríamos a los más sagrados y respetados dioses – La cara del fantasma cambió y se puso muy serio. – Te voy a servir un trago a cambio de que vuelvas al más allá, pero no le digas a nadie que te lo he servido o correremos peligro de ser malditos los dos. ¿Estás de acuerdo? – El fantasma asintió con determinación y ahora miraba al monje con gran admiración. No podía esperar para probar ese delicioso sake de los dioses.

Taro se acercó a una enorme mochila que descansaba al lado de esas tumbas. Realmente era un cajón de madera con dos asas para colgársela en la espalda, pero tan gran grande que casi podría confundirse con un armario. Esta mochila acompañaba a Taro a donde quiera que fuese y estaba cargada con una infinidad de objetos mágicos que su padre el sumo sacerdote le había prestado, y otros que había conseguido reunir él mismo en sus viajes. Aunque su objeto más importante lo llevaba siempre consigo, atado a la cintura. De la mochila sacó una botella de barro blanca que tenía escrita los kanjis de “Sake” en tinta negra. La sacó de la mochila como si fuese el mayor tesoro en la tierra, ocultándola del maestro Hiroto y se acercó a la lápida del anciano y muy delicadamente derramó un chorrito sobre esta. 

- ¿Qué tal Jiji? – Le susurró muy emocionado, como si fuera él mismo el que fuera a beber aquel manjar.

- Umaaaai (Delicioso) – El fantasma estaba radiante de felicidad - No puedo creer que esté bebiendo este delicioso sake celestial. Ahora entraré en el mas allá por la puerta grande joven. No tengo palabras para agradecértelo. – El fantasma comenzó a brillar hasta desaparecer en un destello.

- ¡Agradécemelo no volviendo a ser tan testarudo el año que viene! – Una vez el escuálido monje hubo apaciguado el alma del anciano, devolvió la botella de sake a su lugar, pero esta vez sin ningún misterio. – Esta es una botella de sake mágica. – Dijo para sí. - El sake que contiene nunca se agota pero es de baja calidad, aunque eso él nunca lo sabrá, ya que un fantasma ni come ni bebe, solo siente el valor, empeño o cariño que tienen sus ofrendas, así que al hacerlo creer realmente que era el sake más especial del mundo, se sintió enormemente complacido y eso es lo que realmente cuenta.

- Y tú, a ver… ¿Qué diantres pasa contigo? – Se refirió con pocas ganas al último de los tres fantasmas.

- Yo… nada señor monje, es solo que era amigo de ellos dos en vida y me quería quedar hablando con ellos hasta que volvieran al más allá. – Taro lo miró con los ojos entrecerrados, con cara abatida. No terminaba de creerse la estúpida situación que estaba viviendo.

- ¿En serio…? ¡Pues venga, hala, ya te estás despidiendo de esta tierra! – Movía las manos para inducirle prisa, de forma que parecía que estaba conduciendo a unas gallinas dentro de un gallinero.

- Si señor monje, pero antes de eso…
- Tsk… - Taro ya supuso que iba a hacerle una petición estúpida como los dos anteriores.

- ¿Ves a esa agradable ancianita que está orillas del lago? – Señaló cuesta abajó de la colina, por donde pasa el rio donde dejan los faroles. – Es la abuela Ritsu, lleva 8 años quedándose allí y me da mucha pena. ¿Podría ayudarla por favor?

- Vaale vaale, venga, pero vuélvete ya, esos otros dos te estarán esperando en el más allá. – Taro miraba hacia abajo y gesticulaba con la mano para restarle importancia y que se fuera ya.
- Tanomu, Bozu (Cuento contigo, monje). – Dicho esto, su espíritu desapareció.

Taro suspiró profundamente, aliviado por haber terminado su trabajo. Se calzó la mochila, la cual era casi tan alta como el, se levantó con esfuerzo y comenzó a bajar uno de los irregulares senderos que bajaban al rio. 

- ¿A dónde te crees que vas jovencito? - El monje Hiroto lo interceptó a medio camino.
- Voy a ir a ponerle paz a ese fantasma de allí – Le respondió señalando el fantasma de la abuela Ritsu.

- Te he estado observando allá arriba – Le reprimió el viejo monje. – He visto tu manera de actuar y no es nada cauta. La manera en la que se debe poner paz a los espíritus es rezando por su alma, no cumpliendo sus caprichos. Es peligroso involucrarse en sus asuntos y mucho más prometerle algo que no puedes cumplir.

- Ya lo sé, ya lo sé… – Taro le respondió de manera mecánica y desganada, no pudo esconder que solo respondía para obtener su silencio no por que estuviese realmente de acuerdo. – No volverá a ocurrir.

El Viejo sacerdote Hiroto lo miró con desconfianza mientras bajaba el sendero hacia el rio, pero decidió confiar en él y seguir trabajando más arriba.

Taro llegó a la orilla del riachuelo el cual apenas tenía tres pasos de ancho y seguramente no cubriese más allá de las rodillas. Sus aguas cristalinas dejaban ver las piedras redondas de las que estaba compuesto su lecho e incluso casualmente algún pez. Ambas orillas estaban cubiertas por altas zarzas afiladas, por todos lados excepto en ese tramo, el cual había sido cuidado para poder acceder al rio desde allí. Sentada en una gran roca redonda estaba la abuela Ritsu, una casi diminuta señora mayor de aspecto muy dulce y frágil, con las manos cogidas por detrás de la espalda y un gran moño gris y redondo en su cabeza.

- ¡Ooooi obachan! (Abuela) ¡Ohayo! (Buenos días) – Taro sintió algo de ternura por el débil espíritu de esa señora y decidió ser más respetuoso que con los demás fantasmas. 
- ¡Ohayo! Joven monje – La abuela Ritsu buscó en sus bolsillos. – Disculpa que no tenga un caramelito para ofrecerte. Que niño más bueno.

- Obachan ¿Qué hace aquí tan lejos? ¿Por qué no vuelve con los demás?
- ¿Oh?... ¡Ahh! – La abuela Ritsu quizás estaba un poco senil antes de morir. – Estoy esperando por mi farolillo.

- ¿Su farolillo? – Taro se sorprendió – Pero el Torou nagashi fue ayer en la noche, ya no tienen que venir más farolillos.
- ¿Qué? No, jajajaja, no, no, joven, no es así. – La abuela Ritsu sonreía como si lo que hubiese dicho taro fuera absurdo. - A veces pasa que los farolillos tardan en venir porque se quedan atrapados en la orilla, pero tarde o temprano el rio los devuelve a su vereda y los trae. – La abuela Ritsu hablaba muy tranquila, como si creyese de todo corazón lo que estaba diciendo.

- ¿Y lleva aquí desde anoche obachan? – Taro parecía preocupado.
- No no… llevo aquí 8 años. Pero todos los años tengo la mala suerte de que mi farillo se enreda con las zarzas – La voz de la abuelita no parecía triste, sino más bien alegre y dulce. – Estoy esperando de que el rio ponga mis farolillos en su curso y poder ver como mis familiares se acuerdan de mí y me extrañan. – Su voz guardaba mucha esperanza y no vacilaba. 

- Ritsu Obachan… - Taro sintió una fuerte presión en el pecho y se quedó mirando algo triste e inmóvil a la vieja Ritsu, la cual miraba alegre con los ojos entrecerrados a la rivera del rio, esperando por su farol.

- ¡Taro-chan! Digo… Taro-san – Una voz de un hombre adulto le habló desde atrás y por supuesto no pudo resistir la invitación de girarse a ver quién es. - ¿Con quién hablabas? ¿Con uno de esos fantasmas o estabas hablando solo? Jojojo – Era un hombre muy obeso de avanzada edad pero no tanta para ser considerado viejo. Vestía unas ropas lujosas y hablaba con un acento que denotaba su cultura y cierto tono burlón, quizás debido a que estaba hablando con un niño, o al menos eso creyó Taro.

- ¿Quién es usted Ossan? (Es una manera despectiva de decir “Señor de avanzada edad”) – Taro estaba intrigado de que vinieran a buscarlo a él en concreto y no a su maestro Hiroto.

- ¡Que grosero por tu parte llamarme así niño! – El señor estaba notablemente molesto.
- Tú has sido más grosero viejo horripilante… - Eso pensó, pero no lo dijo porque sabía que insultar a un noble le traería problemas graves, y estaba claro que ese viejo horripilante era un noble.

- … Bueno bueno… No tengamos problemas Taro-san, hemos empezado con mal pié, pero esa primera impresión puede cambiarse ¿no crees? – Ese repentino cambio de humor tan adulador no le daba buena espina a Taro, el cual había crecido rodeado de viejos monjes que le enseñaron a perder la inocencia de niño desde antes de aprender a leer y sabia cuando alguien quería engañarle. – Mi nombre es Dango-Sama, si si, como el dulcecito jojojo, (EL Dango es un dulce japonés con forma de bola) puedes reírte muchacho, yo lo hago siempre, jojojo.

- Normal que te llamasen dango, si estas hecho una bola de grasa… deja de hacerte el gracioso conmigo y dime lo que quieres de una vez… - Por supuesto ninguna de estas palabras salieron de la boca del pequeño monje. No llegaron a salir de su mente.

- Soy el Fudai-Daimyo de Maoshi, si, si, el que os ha contratado jojojo…

- No te des tantos aires diciendo que nos has contratado, el favor te los estamos haciendo nosotros a ti librándote de los fantasmas, a nosotros no nos hace falta tu dinero… - Eso fue lo que realmente tenía ganas de decirle, pero lo que en realidad le contestó fue…
- Encantado de conocerlo Dango-San ¿En qué puedo ayudarlo? – Se lo dijo de forma casi autómata, sin alegría en el tono, ya que realmente decía esto porque entiende que debe hacerlo.

 - Pues verás joven monje, estaba conversando con tu compañero, el venerable Hiroto-San sobre el obon, y cuando me habló de ti no pude evitar fijarme en esa preciosa ninjato que llevas colgada en la cintura. – Cuando dijo esto Taro no pudo evitar agarrarla y comenzar a desconfiar seriamente de las intenciones del noble. – ¿Qué te parece Taro-san si te tomas un descanso y vienes a mi casa? Mis sirvientas han preparado unos mochis… Mmmmmm – Esa frase le pareció a taro espeluznante y no pudo esconder su cara de repugnancia al ver como aquel hombre gordo y viejo alzaba las manos agitando los dedos, relamiéndose y casi volteando los ojos en una expresión de éxtasis. – ¡Deliciosos!

- Kimooo…. (Una contracción de “qué asco”) – Eso quiso decir mientras contenía sus ganas de vomitar, pero en su lugar le respondió. 
– Será todo un honor para mí, Dango-san.

Taro sentía curiosidad por descubrir las intenciones del Fudai-Daimyo para con su Ninjato, ¿Por qué se había fijado concretamente en ella? Se preguntaba mientras cargaba de nuevo la pesada mochila. Se giró para darle un último vistazo melancólico  a la abuela Ritsu y comenzó a caminar.

- Dango-San, tengo que informar a Hiroto que me voy contigo, nos reunimos en la entrada ¿vale?

- De acuerdo Joven monje…. ¿Pero no crees que deberías cambiar eso de Dango-San, por Dango-sama?... ¡¿Qué?! – Se asustó al percatarse de que Taro se había marchado sin emitir ningún tipo de ruido y le estaba hablando a la nada. La cara de Dango no decía nada bueno, pero se conformó con saber que el monje había aceptado ir a su casa, así que le hizo un gesto a los cuatro sirvientes que cargaban el lujoso palanquín en el cual había venido, y estos se acercaron para que su señor no se viese obligado a dar un solo paso en el sucio suelo.

Taro subió la cuesta en la que estaba construido el cementerio con gran velocidad. A pesar de que el lugar estaba abarrotado de personas, tumbas, faroles y ofrendas, sorteaba todo con suma facilidad, sobre todo para lo delgado que era y el peso tan grande que cargaba en la mochila, la cual no dejaba de emitir ruido por las múltiples cosas que dentro guardaba, como si fuera un enorme sonajero de madera. 

- ¡Hiiiiroto! – Gritó cuando estaba llegando al lugar en el que su maestro oraba por el alma descarriada de una joven que perdió la vida a temprana edad. – Aquel viejo me ha pedido que lo acompañe a su casa para completar cierta parte del trabajo. – Señalaba el palanquín que subía la verde cuesta del cementerio.

- No te irás a ningún lado jovencito. – Le respondió severamente. – Tu padre en persona me ha encargado que te supervise en tus labores y no pienso dejarte ir a jugar, deberías centrarte más en tus labores, eres un sacerdote onmyoji.

- Peroooo – Fingió mostrar un interés infantil, como si de un niño que llora para que su padre le dé permiso se tratara. – Ese señor es nuestro empleador y me ha pedido que lo acompañe… ¿Cómo vamos a negarle nada a nuestro patrón?

- No trates de engañarme, sé que eso a ti te interesa poco. – Hiroto miró de reojo a Taro con desdén antes de volver a recitarle las oraciones a la chica fantasma.  – Además nos ha pagado por calmar a los espíritus del cementerio no por visitarlo a su casa. Nadie va a decirme como hacer mi trabajo. Taro-Kun… hay una cosa importante que tienes que aprender en este trabajo y es que… ¡¿Qué?! – Se llevó una gran sorpresa al comprobar que Taro ya no estaba detrás suya, había desaparecido de nuevo sin despedirse y sin hacer ruido.

Lo buscó rápidamente con la mirada por cada camino del cementerio hasta que por fin lo encontró arriba del todo, corriendo hacia la entrada donde se encontraba el palanquín. Se despedía con la mano mientras lo miraba con una sonrisa picaresca.

- ¡OIII Hiiirotooo! Volveré pronto, no te preocupes. – Le gritó Taro desde lejos, importándole poco las advertencias y prohibiciones que le habían puesto antes.

El pobre hombre no pudo hacer otra cosa que aceptar de mala gana la situación; se echó la mano a la frente mientras negaba con la cabeza.

- Esto… ¿Bozu-Sama? ¿Se encuentra usted bien? – Le preguntó el fantasma de la chica joven muy preocupada por él, casi tratando de consolarlo tímidamente con sus manos, hasta que el monje se irguió reflexionando sobre algo.

- Ummm… ¿Desde cuándo se ha vuelto así de ágil? – Pensó para sí mientras observaba sus movimientos. – La última vez que lo vi era un niño escuálido que apenas salía a jugar y ahora… ¿Esto es gracias a su shikigami? No puede ser… escuché que no ha conseguido controlarlo aún… ¿Qué habrá pasado? No puede haberse hecho así de rápido sin haber dominado a su shikigami, porque si no… cuando lo domine por completo…

21 sept 2016

LA ESPADA KABAYOMI - 4º PARTE




Gorosuke por fin ha llegado al templo Oniyama donde se encuentra custodiada la espada kabayomi. Allí a comprobado que los monjes Onmyojis realmente si que tienen algún tipo de habilidad especial y tras ser desarmado, le toca enfrentarse contra el mas poderoso de todos ellos.

Este capitulo y los que vienen estaran lleno sde acción y me gustaria saber si se entienden todas las acciones que describo o si la lectura de los movimientos se hace demasiado lenta y tediosa. Espero que me comenteis (alguna vez) y me hagais una critica sobre ese asunto que antes os he expuesto. 

LA ESPADA KABAYOMI - LOS SACERDOTES OMNYODO

Gorosuke analizó la situación con detenimiento. Atrás suya se encontraba un sacerdote que de alguna manera había logrado desarmarlo, acompañado de dos docenas de monjes que por ahora solo se limitaban a observar. Frente a sí, envuelto en llamas azules, se hallaba otro monje el cual había confesado ser el más fuerte del lugar. Miraba de reojo a uno y otro, tratando de analizar qué situación era la menos peligrosa de afrontar, pero lo cierto es que ahora mismo se encontraba desarmado así que solo encontró una opción posible.

Cargó en una salvaje carrera hacia el frente, hacia su espada, la cual brillaba entre las llamas que la rodeaban; sabía que una vez recuperase la espada y enfrentándose a los monjes sin subestimarlos como había hecho antes… el cambio de enfoque esta vez sí le llevaria a la victoria.

El monje pese a estar cerca de los sesenta años no tenía mala condición física y respondió a su decisión de enfrentarlo realizando unos kamaes (Posturas de artes marciales) con rápida e impoluta precisión, los cuales acabaron con las palmas de sus manos apuntando al invasor. Pero esto no lo hizo por intimidar, ya que pareció ser el preparativo para que de sus manos surgiera una enorme lengua de fuego azul, como si de un torrente de agua escupido por una manguera enorme se tratara. El Ronin actuó rápidamente y logró esquivarlo lanzándose a rodar a su derecha; pudo ver asombrado como la columna de llamas azules destruía el suelo al tomar contacto con él. Pero este manar de fuego no cesaba, e incluso aumentaba en potencia y grosor. El monje manipuló la llamarada y esta cambió de posición buscando incinerar el cuerpo de Gorosuke, el cual corría por el patio para evitar que le alcanzase.

Allá por donde la lengua de fuego pasaba, arrasaba el lugar, dejando un surco de arena incandescente, y este se movía rápido, más rápido que el enorme guerrero, el cual podía sentir el abrasador calor cada vez más cerca, escuchaba el estruendoso quebrar del pavimento y el chispear de las llamas clamando por consumir su carne. Gorosuke sabía que no podría huir de el eternamente. Cuando estuvo a punto de ser alcanzado saltó con fuerza para tratar de ocultar su cuerpo tras una enorme lámpara de roca. No estaba cerca, pero gracias a que al caer su cuerpo se deslizó por la arena y que pudo arrastrarse el último tramo agarrando la base de piedra de esta para impulsarse, pudo ponerse a cubierto a tiempo.

Las llamas no cesaron, incluso aumentaron a medida que el sacerdote se acercaba caminando lentamente a la posición del asaltante. Desde la posición de Gorosuke, agazapado tras una columna de piedra, solo se podía ver un frenético infierno de llamas que rápidamente consumieron los alrededores; el pasto pasó a convertirse en tierra muerta y la tierra muerta en una masa rojiza de fuego puro. La linterna de roca cambió su color a naranja debido al calor extremo y, la parte frontal de está y sus laterales comenzaron a fundirse. Era imposible respirar en esa situación ya que el aire se había convertido en puro fuego. La piel se abrasaba y cada vez que buscaba refugió pegando su espalda en la columna de piedra esta le quemaba aún más que el aire. 

- ¿QUE DEMONIOS ES ESTO? – Gritó desesperado y el interior de su boca se quemó a causa del aire ardiendo. - ¿Qué clase de truco es? No he visto nada semejante en mi vida, es el mismísimo infierno en la tierra. – La situación era extrema, la furia de las llamas no le dejaban pensar con claridad. – Si no salgo de aquí ya me va a cocinar vivo.

Buscó entre sus pertenencias por la calabaza de agua que previamente había llenado en la fuente de purificación y se la llevó a la boca para saciar su sed y calmar la quemazón que sufría en la lengua y el cielo de la boca producida por el aire hirviendo. Mientras el fuego azotaba los laterales de la lámpara de roca como un furioso vendaval de llamas, Gorosuke bebía de su calabaza y repentinamente se dio cuenta de algo; Con los carillos llenos de agua miró al fuego, miró a la botella y volvió a mirar al fuego…

- ¡Soy un estúpido!  

Sacó la botella de la boca y empapó las mangas de su kimono con el agua. Con las manos metidas por dentro de las húmedas mangas empujó la enorme figura de piedra con su brutal fuerza. El agua de su kimono inmediatamente comenzó a evaporarse y no tardaría nada en desaparecer y provocar que Gorosuke probase el doloroso tacto de la ardiente roca. Pero la fuerza del gigante era inhumana, y empujar aquel mazacote de pura roca no le suponía mas problema del que le supondría a cualquier hombre adulto empujar a un niño de cinco años, así que, empujando en carrera la linterna de roca llegaría pronto hacia la fuente de todo ese fuego, el Sacerdote de dos estrellas.

El monje Wadatsuni pronto se dio cuenta de que si no cambiaba de estrategia el enorme ronin acabaría alcanzándolo, así que cesó en su empuño de lanzar llamas y acercó su mano a un fuego fatuo que deambulaba por encima de su cabeza y este reaccionó persiguiéndola. Con un elegante gesto de su mano, el cual imitó en su trayectoria la bola de fuego, arrojó sutilmente desde abajo el azulado orbe y este acabó impactando en la lámpara de piedra, tal y como tenía planeado el sacerdote Wadatsuni.

Justo cuando el sacerdote cesó en su empeño de expulsar llamas, Gorosuke aprovechó ese instante para salir de su escondrijo y encararlo en una carrera. Cuando esto ocurrió, justo cuando se separó del farol, el fuego fatuo impactó en su objetivo provocando una ligera explosión flamígera, pero lo suficientemente potente para destruir la escultura de roca y mandar a rodar al guerrero un par de pasos con bastantes quemaduras y un molesto zumbido en su oído; aunque de haber estado más cerca de la estatua posiblemente habría quedado hecho pedazos.

Gorosuke agarró dos pedazos del farol, dos piedras tan grandes como su enorme mano pudo abarcar y, aunque muy aturdido, retomó la carrera hacia el monje, el cual estaba sorprendido y fascinado por lo duro de matar que estaba resultando ser su rival.

- ¡Yo sé el misterio que hay tras tus trucos monje! – le gritó para provocarlo y comprar algo de tiempo. – Lanzas chorros de queroseno en llamas con una manguera oculta y haces creer que es magia. Un idiota podría caer en esos trucos baratos, pero yo no ¡Monje de mierda!

Todos los fuegos fatuos que rodeaban al monje se posicionaron frente a él, y este, tras adoptar una posición combativa, golpeó a dos con finos y rápidos puñetazos, siguió el movimiento con un giro sobre sí mismo para coger impulso y patear con la planta de su pie a una tercera bola de fuego. Todos esos fuegos destellaron con un fulgor blanquecino al salir disparados con los impactos; se dirigían contra Gorosuke al igual que él se dirigía contra ellos. Apretó las piedras que cargaba en sus manos y tras un grito para aunar fuerzas, las arrojó contra los ígneos proyectiles con gran puntería. Estas impactaron en sus objetivos y una después de la otra explotaron a mitad del aire con un vistoso e impresionante fulgor, pero el tercer proyectil atravesó el fuego y polvo  que desprendieron estas al estallar e impactó justo frente a Gorosuke, generando una fuerte explosión de fuego que el Ronin trató de evitar saltando por encima mientras cubría su cuerpo encogiéndose cuanto pudo; gracias a esto salvó su piel de gran parte de las quemaduras, pero no así su armadura la cual prendió en llamas, además, la fuerza de la explosión lo desestabilizó en el aire, lo cual provocó que cayera al suelo con una fuerte contusión. 

Gorosuke rodaba en el suelo tratando de apagar las llamas que devoraban su armadura y quemaban su piel, a la misma vez que intentaba arrancar los correajes que lo ataban a esta misma, para deshacerse de ella antes de que ella se deshiciera de él.

El sacerdote Matsushita, aquel que había tomado el voto de silencio y desarmó previamente a Gorosuke, sonrió al ver la patética figura del gigantesco invasor retorciéndose en el suelo mientras ardía, le provocó cierta satisfacción ya que había visto con sus propios ojos como humillaba a los monjes del templo, así que pensó que esto se trataba sin ninguna duda de “Karma”. Decidió acabar con aquella pantomima pero al dar su primer paso en dirección a su enemigo, el sacerdote Wadatsuni, el cual era su superior, se lo prohibió con un gesto de mano.

- ¿Dices que todo esto son trucos? ¿Qué los monjes Onmyojis somos… falsos? – Los fuegos fatuos danzaban sobre Wadatsuni mientras este pretendía darle una lección al invasor antes de que muriese abrasado. – Tu error ha sido ser demasiado ignorante por no conocer nada sobre el enemigo al que pretendías enfrentar, o demasiado estúpido por no creer en los poderes del Sintoísmo.

- Nosotros, los Monjes onmyoji hemos existido desde hace siglos. – Continuó con su discurso tras una breve pausa. – A diferencia de ti, nosotros podemos ver, oír, hablar e interactuar con los “Kai” (Entidades paranormales, ya sean “yure” fantasmas de los muertos, “Youkai” monstruos y encarnaciones o “Kami” Espíritus y dioses) 

- Durante generaciones, las buenas gentes de shinto han acudido a nosotros para que eliminemos a Kais malvados, para ponerlos en calma cuando alguien los ha hecho enfadar o para ayudarlos cuando una maldición los posee, y esto no sería posible si no poseyéramos estos increíbles dones que tú tan estúpidamente llamas trucos…

- Por supuesto que un humano no puede expulsar llamas de su cuerpo, eso es irracional, las habilidades de un sacerdote se limitan a los Kais: sellarlos, lastimarlos, eliminarlos, convocarlos y controlarlos mediante las oraciones y los Ofuda (cartas rectangulares con oraciones y símbolos grabados en ellas, también conocidos como sellos). Nuestros poderes solo se limitan al espectro espiritual, generalmente no podrían dañar a un humano de ninguna manera, aunque hay excepciones...

- Te preguntaras entonces como es que estas en el suelo retorciéndote de dolor a causa de unas llamas salidas de la nada. – Wadatsuni realmente estaba disfrutando el sermón mientras observaba como el profano invasor moría lentamente. – Para ayudarnos con los combates contra los Kais, y contra algún humano que se lo merezca como tú, contamos con la ayuda de nuestros compañeros Shikigamis, Kais que firman un contrato de servidumbre con un monje, en el cual ambas partes se ven beneficiadas. Sus poderes se ven incrementados y el monje obtiene algunos atributos y habilidades de este.

- Mi shikigami se llama “Sogenbi” y me ha otorgado el poder controlar el queroseno en llamas. – Junto a Wadatsuni, flotando a su espalda se encontraba en todo momento una enorme cabeza de un monje envuelta en llamas azules, pero este, al igual que todos los demás espíritus que habitaban el templo, solo eran visibles para aquellos que tengan la capacidad de hacerlo. Cuenta la leyenda que Sogenbi es el alma en pena de un monje que fue maldito a arder eternamente por robar queroseno de un templo.

- Usee… (Es una forma contraída de decir “urusee” cállate). - Gorosuke al fin logró quitarse la armadura aún en llamas, y a duras penas se logró poner de pie. Tenía todo el cuerpo cubierto de pequeñas quemaduras y el dolor era insoportable en cada centímetro de su piel. Su razón le decía que huyera de allí, que pidiera perdón y que se largara de allí rápidamente, conservar la vida si es que pudiera sobrevivir a esas quemaduras. – Perapera perapera perapera… (Es la forma de decir “bla bla bla” en japonés) ¿Así es como tienes planeado matarme? ¿De aburrimiento? El único dolor que me resulta insoportable ahora mismo es el de los oídos al escucharte hablar. – Se fortaba el oído a la vez que escupió en el suelo. La razón le insistía en que no era un combate que pudiera ganar… - Ese es el estilo de combate de los monjes, sermonear hasta la muerte. Es hora de que sea yo el que te dé una lección Kuso Bozu (monje de mierda) ¡Voy a mostrarte como luchan los guerreros! - … pero él nunca atendía a razones, se regía por sus instintos, instintos de furia descontrolada mayormente.

Inició una nueva frenética carrera contra el monje, pero esta vez eran pocos metros los que lo separaban y con un grito salvaje arrojó su yoroi (armadura samurái) al desprevenido sacerdote Omnyoji, el cual solo pudo reaccionar lanzándole fuertes chorros de llamas, sin darse cuenta de que al tener la armadura tan cerca de si, la flama chocaba contra ella y no daba lugar a expandirse, creando así una perfecta pantalla para que Gorosuke pudiera recortar distancias entre ambos.

Para cuando pudo reaccionar ya era demasiado tarde, y el corpulento ronin había saltado para protegerse tras el yoroi, empujándolo con fuerza y chocando contra el monje, el cual no pudo resistir el impacto y cayó de espaldas. Por otro lado gorosuke aterrizo en las llamas que envolvían su espada, pero lo hizo encima de su armadura y gracias a su peso, al caer al suelo, el aire despedido apagó el fuego más cercano creando una pequeña área redonda de seguridad a su alrededor, incluyendo esta a su tan ansiada katana. Se incorporó y rodeó con mano el mango de esta.  

El sacerdote desde el suelo donde llegó a caer, contempló una intimidante imagen de un enorme y fuerte guerrero; Imponente e imparable; En la oscuridad de la noche no podía verse otra cosa que lo que el fuego alumbraba, y dentro de este, la enorme figura de un furioso guerrero irguiéndose para seguir el combate; Las llamas que le rodeaban y quemaban, no hacían más que ensalzar su poder, demostrando que no temía a nada, que era capaz de caminar por el fuego para conseguir sus propósitos; La luz acentuaba los músculos de su torso, ahora al descubierto sin el Yoroi; El brillo en sus ojos llenos de ira parecían estar prendidos en el mismo fuego. Era la mismísima imagen de un aterrador Oni (Ogro o demonio).

- OI BOZU… No te molestes en rezar. – La voz de Gorosuke era fuerte y rotunda, llena de ira pero segura de sí misma. No existe ningún dios que te perdone, y yo… - Apretó el mango e su espada y la levantó del suelo donde estaba clavada. - ¡IURUSAI NAI! (No te perdonare). Gritó con toda la furia que le quedaba en el cuerpo y tal fue la fuerza de su voz que las llamas que separaban a Gorosuke del sacerdote se apagaron. Un escalofrío recorrió la medula espinal de Wadatsuni, sabía que aquel grito era el de un shinigami (Dios de la muerte) que venía a reclamar su alma.

- ITAAAAAI (Dueleeee) – Gorosuke arrojó al aire la incandescente espada y dejó de lado el combate para soplarse la palma de las manos, enrojecidas por las quemaduras del mango de la katana, la cual había pasado demasiado tiempo en el fuego y se había calentado. Sacudía sus manos para enfriarlas mientras daba saltos cortos alternando pies. Todos los sacerdotes del templo quedaron perplejos ante el drástico cambio de ambiente que se había dado y olvidaron que Gorosuke era un formidable rival para recordar que era un patán bocazas.

La espada volvió a su poder tras caer y este la combinaba de mano en mano para no exponer su ardiente tacto más tiempo del debido en ninguna de estas. La bufonada de este provocó que el monje recobrara el valor y este se levantó rápidamente pensando retroceder y agruparse con el resto de monjes.

El guerrero arrojó de nuevo la katana al aire por lo alto, pero esta vez en dirección al monje; había pensado una mejor forma de hacer llegar la espada hacia allí sin tener que sujetarla con sus doloridas manos. Emprendió una fuerte carrera y cuando estuvo a la altura de la espada, la cual giraba sin control por el aire, saltó con fuerza y atinó a agarrarla el mango.

- ¡Morattaaa! (Te tengo).

Wadatsuni giró bruscamente canalizando una llamarada en su mano con la que acabar con su rival de una vez por todas, pero este, aun en el aire agarró la espada aún incandescente, tanto que al agarrarla se escuchó un chispeo similar al de la carne friéndose; trató de soportar el dolor y sujetar firme la espada pero su cara delataba que no aguantaría mucho tiempo. 

- ¡Moero! (Quémate). 

El monje mientras giraba extendió la mano apuntando a la cara de Gorosuke, pero justo cuando iba a liberar el fuego vio como una veloz estela anaranjada descendente pasaba entre sus dedos cercenando índice y pulgar; cortaba profundamente su cara, llegando a arañar el hueso de su mandíbula y finalmente, rasgaba su pecho y parte de su abdomen haciendo brotar la sangre en abundantes cantidades. Era la espada incandescente de Gorosuke, proporcionándole un golpe que no fue mortal por apenas un par de centímetros, aunque tras el fatal ataque no tuvo más remedio que dejar caer su arma para no perder los dedos de la mano debido a las graves quemaduras.

El intenso dolor del corte provocó que el monje retrasara el lanzamiento de su llama un pequeño instante, siquiera tan corto como para que nadie lo confundiera con una queja de dolor, pero el suficiente para que al samurái le diese tiempo a plantar los pies en el suelo y doblar su cadera para agacharse y apartar la cara de la trayectoria del proyectil flamígero. Gorosuke era un experto guerrero, y aunque su especialidad eran las armas, también se podía luchar a buen nivel a manos desnudas, o al menos, a mejor nivel que Wadatsumi. Así pues reaccionó dándole un manotazo para desviar su peligrosa mano-escupe fuego y aprovechó todo el peso de su gigantesco cuerpo para propinarle un codazo en la boca del estómago. No fue un codazo cualquiera, fue el codazo de un hombre que le sacaba una cabeza de altura a un hombre promedio, así de corpulento era Gorosuke, y así de fuerte fue el codazo que se clavó en la barriga del monje, dañando órganos internos, haciéndole perder la consciencia momentáneamente y enviándolo a volar a casi dos pasos de distancia.

Pese a las heridas casi mortales producidas por el tajo de la espada incandescente, los daños en el cuerpo de Gorosuke eran aún mayores, de haberse tratado de un hombre corriente, este con total seguridad no sería capaz de moverse por la intensa quemazón en casi todo su cuerpo. Las manos le ardían como si estuviesen siendo devoradas por un sinfín de hormigas carnívoras, pero debía seguir luchando, no podía rendirse al dolor si quería conseguir esa espada, aunque en su interior él sabía que ya lo que menos importaba era la espada, ahora todo su ser clamaba por matar al sacerdote que le había producido aquellas numerosas quemaduras y desfigurado su cuerpo. 

Para poder agarrar la espada sin sentir su abrasador tacto, solo se le ocurrió la idea de amasar un buen montón de tierra y aplastar con este el mango de la katana entre sus manos. De esta manera no tendría un agarre firme, pero al enfrentarse a un enemigo sin arma ni armadura, la espada no iba a chocar contra nada que le hiciese desprenderse.

- OE… Kuso Bozu… - Se levantó del suelo con la espada mal sujeta entre las manos. Pese a toda su furia, le habló calmadamente. – Desde que recuerdo siempre he escuchado que un tal Fukumatsu Meiji, un monje sintoísta como vosotros, es la indudable persona más fuerte del mundo… ¿está ese tipo aquí también?

En shihón se dice que existen tres grandes certezas: Amanece cuando sale el sol, no hay nada más grande que el océano y Fukumatsu Meiji es la persona más fuerte del mundo. Este es un proverbio que ha ido contándose de generación en generación durante mil años; Antes que eso, el verso final era “Lo único cierto es la muerte” pero tras el nacimiento de Fukumatsu Meiji este proverbio cambió ya que de alguna manera el si había conseguido evitar la muerte ganándose el apodo de “El inmortal”. Habladurías del pueblo dicen que es tan poderoso que hasta los shinigamis (dioses de la muerte) le temen y nadie puede reclamar su alma, por lo que vivirá eternamente.

- ¡Blasfemo! – El monje tendría la boca inundada de sangre de no ser por que esta se filtraba a borbotones por la raja que tenía en su mandíbula. Le dolía mucho hablar, pero no pensaba tolerar tal insolencia. - ¡Jamás nadie ha dudado del abrumador poder del gran sumo sacerdote! y tu… un canalla sin escrúpulos… que apenas puede mantener un combate contra un sacerdote de dos estrellas… ¿pretendes desafiar al gran sumo sacerdote?

- ¡Urusai! (cállate) Solo te he preguntado si se encuentra aquí. Responde sí o no maldito monje.

- No… él se encuentra en el templo central Onmyodo. – El sacerdote aprovechó para levantarse, ya que antes se encontraba demasiado débil a causa del codazo. - Junto con él se encuentran varias docenas de sacerdotes onmyoji de una estrella, media decena de sacerdotes de dos estrellas y los dos poderosísimos sumo sacerdotes de 3 estrellas. – Wadatsumi sonrió pensando en la inconmensurable diferencia de poder que existía entre el bastardo invasor y el gran sumo sacerdote. – Ni en tus más salvajes sueños podrías siquiera acercarte a él.

- Ya veremos si piensas lo mismo cuando tenga en mis manos la espada Kabayomi.

Gorosuke se lanzó a por su enemigo para asestarle el golpe de gracia, pero como era de esperar su rival no se quedó de brazos cruzados y le respondió con dos bolas de fuego, las cuales la primera pudo esquivar haciéndose a un lado del camino y la segunda, viéndolo imposible decidió partirla con la espada de un fuerte golpe. El resultado no le fue satisfactorio ya que obtuvo una gran explosión a apenas un paso de distancia que lo catapulto hacia atrás, mas lejos de lo que llegaría de un salto, pero Gorosuke, en un último esfuerzo aunó toda la energía que le faltaba para que sus pies se aferraran firmes al suelo y detuvo el retroceso de su cuerpo marcando un par de surcos en la tierra. La espada, tal y como supuso, al recibir ese brutal impacto estuvo a punto de escapársele de las manos, aunque con su enorme fuerza sobrehumana apretó firmemente el agarre, sin poder evitar que mucha de la tierra que le hacia la vez de aislante térmico se perdiera y sus manos comenzaran a quemarse.

Deslumbrado por el fogonazo, medio sordo por la explosión y gravemente herido, el colosal guerrero emprendió una nueva carrera hacia el sacerdote piromante, el cual no salía de su asombro al comprobar que sin importar cuantas heridas tuviera y como de quemada estuviera su piel, este seguía y seguía persistiendo en luchar.

Sabiendo que ya nada detendría al invasor para llegar hasta el, decidió probar otra estrategia. Dando una palmada al frente se formó un pequeño tornado de fuego, el doble de alto que una persona normal. En las palmas de sus manos se generaron dos bolas de fuego y con estas apuntó a cada lado del remolino.

- Ese hombre es más ágil de lo que parece. – Wadatsuni se había dado cuenta tarde de que había subestimado a su rival, pese a ser alguien sin poder espiritual podía luchar a la par contra un Sacerdote de dos estrellas. – Si lo ataco de frente podría esquivar mis ataques, he de limitar sus opciones enfrentarme a dos. – Miro a cada lado, y comprobó que sus manos apuntaban al lugar correcto. – Izquierda o derecha.

De entre las llamas del tornado emergió una gran sombra, como un demonio escapando de las llamas del infierno. Emitiendo un grito que más pudiera asemejarse al rugido de un monstruo feroz, Gorotsuke eligió la ruta más rápida y dolorosa, atravesar el remolino de fuego. Nada podía detenerlo, era imparable, y por un momento la mente del sacerdote colapsó de terror. A mitad del salto, su cuerpo estaba envuelto en llamas, como si el fuego se negara a dejarlo marchar, brotes de fuego le arrancaban la piel acariciándolo con sus ardientes dedos; aquella imagen era más digna de una pesadilla.

Wadatsuni no pudo hacer nada, no supo reaccionar a tiempo, se vio superado por la situación y la ardiente espada de su enemigo le atravesó el pecho, quemando su carne, hasta asomar por su espalda. Había perdido, ya no podría seguir defendiendo el lugar que había sido su hogar por medio siglo… pero había una cosa que aún si podía hacer… Si pudiera hacer un último esfuerzo y hacer explotar las bolas de fuego  de sus manos, con total seguridad la explosión se llevaría la vida de ambos y al menos ese combate no habría sido en vano.

A duras penas y con fuertes temblores, Wadatsuni acerco ambas las manos para hacerlas explotar, pero justo antes de estas se tocaran la una con la otra, Gorosuke le plantó el pie en el estómago y le empujó de una patada, para desincrustarlo de su katana. Las bolas de fuego que agarraba en sus manos salieron disparadas hacia atrás, hacia donde sus compañeros monjes estaban observando y, tumbado en el suelo casi sin vida, pudo ver gracias a la luz que las explosiones ocasionaron, las caras de horror de los que habían sido sus amigos desde hacía tanto tiempo.

- ¿Doushite? (¿Por qué?). – Wadatsuni trató de incorporarse, pero apenas tenía fuerzas para ello, había perdido demasiada sangre y su voz sonaba débil y quebrada. - ¿Por qué te esfuerzas tanto en conseguir esa espada…? – Cayó de espaldas, pero trató de levantarse de nuevo. – Esa espada… esa espada esta maldita… En ella está sellada un rey Oni que devastó el territorio hace 400 años… el mismísimo Fukumatsu Meiji-Dono lo encerró ahí… - Las fuerzas le abandonaron y quedó inmóvil en el suelo. - ¿Por qué tu… quieres liberarlo? ¿¡Por qué quieres traer la miseria de nuevo a nuestra tierra!?

- Omoshiroi (Que interesante). - Gorosuke sonreía de felicidad y su moribundo rival no entendía la razón. – Yo no creo en esos cuentos infantiles bakayarou (Imbécil), solo quería esa espada para hacerme con renombre, no sabía que esa espada era especial para Meiji… - Rió tan fuerte como pudo y su risa hizo eco por todo el templo. Los monjes que se escondían agazapados en la silenciosa oscuridad realmente tuvieron miedo al escucharla, como si el mismísimo rey oni riera celebrando su nueva venida. – Ahora deseo esa espada más que nunca; Ensartaré a ese cabrón arrogante con su propia espada y reclamaré el título del hombre más fuerte de Shihon.

 - ¡FUZAKENNA! (No me jodas) – El monje estalló con más furia de la que jamás había sentido en sus casi 60 años de vida, abrió los ojos de rabia y lágrimas de odio surgieron de estos. No podía creer que el maldito ronin quisiera poner en peligro a toda una región por un motivo tan egoísta y estúpido.

El sacerdote estaba inmóvil en el suelo y le quedaban pocos minutos de vida, pero ese estallido de ira provocó que su también moribundo Shikigami recobrara temporalmente la energía; y no solo eso, sino que ese repentino descontrol en sus emociones le dio un poder de karma negativo que jamás había tenido desde que era el shikigami de Wadatsuni. Esto avivó una llama en él de enorme poder calorífico. La enorme cabeza flotante cambió el color de las llamas que lo rodeaban de azul a naranja; se llenó los carrillos cuanto pudo de queroseno y lo escupió con rabia contra Gorosuke.

Este no podía ver al sogenbi, ni a ningún otro ser paranormal, pero sí pudo ver el fuego generándose cuando abrió la boca para escupir y, por puro acto reflejo Gorosuke lanzo una estocada en su dirección. Fuego y acero se encontraron en una lucha de resistencia. El sogenbi lanzaba un concentrado haz de fuego anaranjado mucho más ardiente que cualquier otro fuego que pudiera lanzar y con tanta presión que incluso hacia retroceder al robusto brazo del gigante. La punta de la espada se acercaba cada vez más a la boca del espíritu mientras disparaba un aluvión de llameantes chispas, más fuertes que si se estuviera pasando por la rueda de un afilador. El acero de la espada, roja como el corazón de un volcán, comenzó a derretirse desde la punta según se acercaba a la cabeza ardiente; trozo a trozo la hoja iba cayendo al suelo como si de un candil de cera calentado al fuego se tratara. Al sogenbi no le quedaban ya más energías, no podía estar lanzando fuego eternamente, pero no quería parar hasta haber acabado con el hombre que tanto odio había despertado en su amo.

La hoja de la katana fue consumida por completo, así que sin ese escudo improvisado, la llamarada se propagó por su brazo izquierdo; el sogenbi apenas pudo aguantar un segundo antes de desaparecer exhausto pero ese corto periodo de tiempo le bastó para herir seriamente a su rival. La gran hombrera que protegía su hombro izquierdo cayó al suelo hecha jirones; el brazo de Gorosuke estaba negro cual tizón, carbonizado y agrietado, no quedaba nada de su piel y sus músculos ya no lucían como algo parecido a carne. Ese brazo había quedado inservible ya de por vida, y si no se daba prisa en cercenarlo la infección podría acabar tomando su vida.

- ITAAAAAAAA (Forma contraída de “Duele) ITAI, ITAI, ITAAAAIIIIII. – Agarraba la muñeca de su brazo muerto con su mano diestra mientras intentaba hacer que al menos uno de sus dedos se moviera, para tener la esperanza de que su brazo no estaba muerto.
Los monjes se apresuraron para salvar a su líder, creyendo que Gorosuke ya no suponía amenaza alguna al estar tan herido que era inexplicable que aún siquiera en pie. El invasor se vio superado en número y dada su pésima condición, decidió que lo más inteligente era una retirada, así que huyó ocultándose en las sombras que ofrecía el templo iluminado a medias.

- Per… perseguidlo… - Al sacerdote Wadatsuni apenas le salían las palabras, tenía un pulmón perforado y la mandíbula rota, cada palabra que pronunciaba era un sufrimiento. Los demás monjes lo rodearon y trataron de levantarlo.

- Llevémoslo a la cámara mayor, allí podremos tratarlo si la diosa Kannon (Diosa de la misericordia) se apiada de él. – Decían mientras levantaban su cuerpo inmóvil.

- N-no… NO. - El maltrecho sacerdote intentaba zafarse del agarre de sus compañeros. – Al… al salón… de la espada Kabayomi… tenemos que… - El dolor que estaba sufriendo era algo evidente, hablaba lento, flojo y pausado, quejándose de cada palabra, pero era su deber dar las ordenes aun en esas condiciones. – Tenemos que… proteger la espada. Dad la alarma… reunid a los doce.

Los monjes comenzaron a moverse, cada uno en una dirección para buscar al resto de sacerdotes Onmyojis y a los sanadores para intentar salvar la vida del sacerdote mayor. Con pequeños martillos aporreaban placas de madera de forma estruendosa para dar la alarma en todo el templo; otros monjes lejanos imitaron el gesto y pronto la alarma resonaba fuerte por cada edificio del conclave de manera que hasta el último monje sabía que debía estar alerta. Wadatsuni agarró la manga del monje Matsushita, aquél que había tomado un voto de silencio.

- Búscalo… debes eliminarlo… pero… no lo subestimes… es… muy peligroso… - El sacerdote de dos estrellas había pagado el precio de subestimar a un guerrero que pese a parecer estúpido y bravucón era muy experimentado y contaba con demasiados trucos, no quería que Matsushita pagara por lo mismo. – Si alcanza la espada… su karma negativo… tiene tanto karma negativo que… liberaría al rey oni.

Matsushita asintió muy preocupado por las palabras de su superior y fue en su busca.