10 sept 2016

LA ESPADA KABAYOMI - 3º Parte




El rudo guerrero Gorosuke tras pasar un tortuoso camino al fin a llegado a la puerta del templo "oniyama" el cual guarda en su interior una espada maldita de enorme fama. ¿Serán los monjes capaces de frenar los codiciosos planes del Ronin?

Como siempre, agredeceria que me comentarais que tal os está pareciendo la historia, ya que de vuestros comentarios surje mi motivación.... ¿a quien quiero engañar? Solo una persona ha comentado algo, pero me apetece escribirla y aunque sea para una sola persona termininaré esta historia. Tambien agredeceria que me critiqueis, ya que esto de escribir historias es mas o menos nuevo para mi y no se si, por ejemplo, estoy describiendo demasiado y hago que la historia sea lenta y aburrida, o por el contraria estoy describiendo mal las situaciones.

Bueno, comenzamos ya con la 3º parte.


EL TEMPLO ONIYAMA

El camino de subida no fue nada parecido al que había tomado anteriormente para llegar hasta aquí; el suelo era de tierra firme y daba gusto pisarlo, o al menos eso sentía él debido a que tras haber atravesado ese pedregoso camino, pisar cualquier cosa era realmente placentero. La intensa luz anaranjada del atardecer se filtraba tras el monte e inundaba todo el verde valle, pero como el sendero que ascendía al templo era más bien estrecho y la copa de los árboles de ambos lados se encontraba en las alturas formando así un falso túnel de vegetación, solo algunos rayos anaranjados alcanzaban el suelo, los cuales eran visibles gracias al polvo en suspensión; daba la impresión de poder tocarlos cuando los atravesabas, incluso Gorosuke hacia el intento de tocarlos con la mano cuando pasaba por alguno. La escasa visibilidad alcanzaba justo para no tropezarse con los innumerables e irregulares escalones de piedra que formaban el sendero hacia el templo, sendero compuesto de un sinfín de escalones seguidos de remansos, dispuestos así para facilitar la subida a los viajeros. Pero aunque la visibilidad no era buena, las enormes lamparas de roca (faroles con un tejadito en su parte superior, subidos a una columna, todo hecho de piedra) que se alineaban de par en par a lo largo de todo el camino, no estaban encendidas y posiblemente no se encenderían para alumbrar el sendero en todo el verano a menos que un matsuri (festival) lo precisase. El frenético cantar de las cigarras había cesado hasta el punto de casi volverse inaudible, tomándose el turno para romper el silencio los fuertes graznido de los cuervos, el cual producía un ligero eco a través del valle. Cada varios metros un torii cruzaba el sendero de lado a lado, todos ellos rojos, altos y bien cuidados; estaban lo suficientemente lejos como para ver el siguiente desde cada uno, pero no el que continua a este. 

- Estaría bien si me cruzase un monje de mierda bajando el camino. Si tiene tantos Toriis digo yo que será un templo importante, seguramente grande y con muchos monjes. Sería un problema si todos se unen contra mí – Gorosuke comenzó a replantearse su estrategia. – Si están armados o saben luchar tal y como me han advertido, podría aguantar contra 8, 9… quizás 10 a la vez – Hizo uso de recuerdos en peleas anteriores donde se vio ampliamente superado en número y pese a todo salió victorioso. – Si pudiera agarrar a uno aquí le podría sacar la ubicación de esa espada… o usarlo como rehén para que los demás no hagan nada. Aunque lo más conveniente es que sean monjes pacíficos que no quieran ni defenderse.

El final de ese sendero llegó sin tener que subir hasta la cima del monte como se temía el cansado Ronin que suspiraba aliviado, más bien estaba a poco más de la mitad de la altura del gran monte “Oniyama”, pero era lo suficientemente alto como para que a tus espaldas pudieras contemplar la gran extensión del valle desde arriba; podía verse el mar de copas verdes de los pinos, ahora anaranjados gracias a la luz del atardecer; El camino principal se dibujaba por la ausencia de árboles en la zona y, si lo seguías con la mirada, podías ver como el bosque acababa a pocos kilómetros de allí y comenzaba la zona rural, urbanizada con pequeñas casas rupestres de campesinos, construidas con maderas oscuras y techos de paja, rodeadas por sus campos de cultivos y un caudaloso riachuelo (El verano en Japón es temporada de fuertes lluvias) que inundaba los múltiples campos de arroz, dispuestos de forma rectangular inundados de agua de la que emergen briznas de hierba verde. 

- Ese pueblo está bastante cerca, quería descansar un poco antes de entrar en el templo, pero si me doy prisa esta noche podré dormir bajo techo y comer caliente. - Gorosuke analizaba desde lo alto el pueblo para trazar sus planes de futuro. – Es posible que salga herido, no puedo descartar eso… espero que alguno de esos campesinos paletos sepa algo de medicina.
Un enorme cedro sagrado podía verse conforme subías los últimos peldaños de la travesía. (Se sabe que es sagrado porque tiene una cuerda atada alrededor de su tronco denominada “Shimenawa”. Esto se hace con los árboles que tienen más de 100 años de edad, o los que se cree que son morada de un “Kodama”, que es pequeño espíritu de la naturaleza). Este enorme cedro daba la bienvenida a los viajeros plantado en un gran remanso del monte, donde por fin se encontraba, el imponente y sagrado templo de “Oniyama”.

- Oe oe… ¡Fuzakenna! (No me jodas) esto debe ser una broma… - Gorosuke se sorprendió al ver el tamaño del templo, que pese a estar perdido en la montaña, estaba muy bien cuidado y lucia imponente. – Ese extraño monje que me encontré me dijo que este templo se había fundado con la intención de proteger la espada “Kabayomi” ¿Cómo de impresionante debe ser esa espada para que monten semejante circo entorno a ella?... Subarashi (Magnifico) – Esbozó una malvada sonrisa de superioridad enseñando los dientes. 

Comenzó a caminar muy decidido hacia el templo pisando el seco pasto amarillento de la explanada donde se encontraba el templo, mientras se acariciaba la barba con sus dedos y jugueteaba con la espada atada a su cintura reposando el brazo en ella. Estaba saboreando la victoria mientras se acercaba al templo; pensaba que un gran templo era equivalente a un gran tesoro, no pensó ni por un momento que un gran templo implicaría también, un gran desafío.

Se plantó frente a la puerta y quiso darle un último vistazo al templo antes de adentrarse; necesitaba conocer las posibles rutas de escape y la ubicación de cada edificio antes de entrar en acción, para hacerlo todo de la manera más rápida y eficaz posible. Una blanca y muy alta muralla de piedra con un tejadillo rojo rodeaba todo el recinto, todo a excepción de la puerta, una enorme puerta negra abierta al público mientras el sol ilumine Shihon. Un enorme Torii, más grande y detallado que cualquiera en todo el valle, hacía las veces de marco para la entrada y custodiándolo a cada lado, un par estatuas intimidantes de Inugami (Dios perro guardián) ambas con un enorme mala (Collar con esferas o cuentas que usan los monjes budistas) de perlas rojas, el cual no era de roca, sino real. El interior de la muralla era tan grande como un pequeño pueblo, con 6 edificios rojizos y uno grande central. No es que fuera un templo ostentoso por capricho, es que debía ser grande para dar cobijo al más de un centenar de monjes venidos de todos los rincones de shihon para velar por que el sello de la espada Kabayomi no sea roto. Los kimonos de estos monjes, que parsimoniosamente deambulaban atareados por todos los rincones, eran de colores dispares; distintas tonalidades de azul y marrones, sobre todo colores oscuros, pero ante todo predominaba el negro, en kimonos y, unánimemente en las hakamas de todos los monjes. Solo algunos vestían kimonos blancos con adornos de colores acordes a su rango, y estos eran los únicos monjes que, a diferencia de los peregrinos, hacían su vida en el interior del templo; estos eran los llamados sacerdotes Onmyoji.

Desde las afueras del templo podía oírse los rezos y canticos de los monjes, tarea que le ocupa la mayor parte del día, monotonía solo quebrada por tareas de mantenimiento del templo como lo eran barrer el suelo de los caminos que conectaban los distintos edificios; encender o apagar las numerosas lamparas de roca que rodeaban cada estancia y todo el complejo interior de murallas; supervisar y preservar las capillas y cajas de donativos, así como el pozo o los toriis de la entrada y, una vez al día, cuando el sol se oculta, cerrar el portón de la entrada, tal y como estaba sucediendo en estos instantes.

- ¡Choto matte! (Quieto ahí) – Gorosuke forzó la puerta plantando una de sus enormes manos en ella justo antes de que se cerrara y, con poco esfuerzo la abrió empujando al monje hacia atrás. – Oe Bozu (monje) ¿Por qué tanta prisa? Estoy seguro que aún da tiempo para una visita más. – Entró con una sonrisa desafiante ignorando los ruegos del monje para que se fuera. La puerta era tan alta que era una de las pocas de shihon por las que había pasado sin tener que agacharse. - ¡Kiero! (Largate) – Con un gesto de su cabeza el monje se apartó de la entrada muy asustado, tratando de tranquilizar a Gorosuke mediante gestos en cada paso hacia atrás que daba.

Caminó con tranquilidad por el patio central, jugueteando con la katana con cierto desdén, solo para hacer ver que tiene una y que no le parecía un asunto serio el usarla. Asentía suavemente mientras mirada a todos los monjes, estaba feliz de comprobar que ninguno de ellos estaba armado. Los monjes estaban asustados y pocos valientes se atrevían a acercarse para pedirle que abandonara el templo, pero el sádico invasor les hacia un gesto para asustarlos y estos retrocedían rápidamente, incluso alguno cayó de espaldas. Gorosuke estaba disfrutando la situación, reía, bromeaba, insultaba, no podía creerse que fuera tan fácil asustar a tantas personas a la vez.

- ¡Oe-Kora! ¡Estúpidos monjes, decidme donde está la maldita espada kabayomi-Kora! – Los miraba fijamente a los ojos por si alguno le mantenía la mirada golpearlo y darle una lección frente a los demás. Mejor que se diesen prisa en revelar la ubicación de la espada, ya que él tenía pocas virtudes y la paciencia no estaba entre ellas.

Uno de los sacerdotes había permanecido inalterable con todo el revuelo, seguía barriendo el suelo del templo, no por necesidad ya que el suelo realmente no estaba sucio, sino como forma de meditación, pero esas palabras… el hecho de que viniese buscando la espada cambiaba las cosas. Dejó la escoba apoyada en una linterna de roca y caminó hacia el alborotador. Vestía un Eboshi naranja (sombrero alto de tela) de igual color que los ribetes de las muy anchas mangas del kimono blanco. Se trataba de un sacerdote Onmyouji.

- ¿Aaaah? ¿Naaanda? (¿Qué quieres?) ¿Me estás desafiando Kuso bozu? (Monje de mierda) – Gorosuke se molestó al ver que uno de los monjes no se intimidaba ante su presencia. Realmente lo que más le molestaba no era el hecho de que lo menospreciara, sino el tener que hasta ahora asustar a los monjes estaba funcionando y prefería hacer el trabajo sin dañar a ninguno. Ahora tendría que disciplinarlo para que los demás no se le unan. 

El sacerdote lejos de asustarse, esbozando una dulce sonrisa y con los ojos tan finos que parecían cerrados con un gesto que evocaba bondad, sin soltar un solo ruido de su boca lo saludó colocando su puño derecho cerrado sobre la palma de su mano izquierda extendida en vertical. Este saludo era una señal respetuosa para indicarle al invasor que el sacerdote había comenzado un duelo contra él.
- Temee… (Serás…) – Ese sacerdote no podía ser más irritante, iba a morir de la forma más estúpida posible. – Está bien, hagámoslo así - Gorosuke buscó en el bolsillo interior de su manga una pequeña moneda – Tiraré esta moneda al aire, y cuando toque el suelo comenzará el combate ¿De acuerdo? – Dio su silencio como una respuesta afirmativa y se llevó la moneda a la punta del dedo pulgar para lanzarla desde ahí – ¡Hajimemasho! (Comencemos)

La moneda voló muy alto con el toque de la fuerte mano del Ronin, tan alto que ambos tuvieron que alzar la vista para seguir su recorrido y, precisamente eso es lo que buscaba el astuto Gorosuke. En cuanto el Sacerdote apartó la mirada de el para poder ver la moneda, el espadachín se llevó la mano al cinto para desenvainar rápidamente su katana; Gorosuke sonreía plenamente y con malicia, no podía haberle salido mejor la treta… pero sorprendentemente cuando cerró la mano para agarrar el mango se encontró que solo el aire llenaba su puño cerrado. La katana que debió haber estado guardada en la tsuba (funda), había salido disparada de manera incomprensible hacia el aire también.

- ¿NANI? (¿Qué ha pasado?) – No cambia en su asombro cuando vio pasar su espada por delante de sus ojos - ¿Cómo coño la ha golpeado desde tan lejos? Ese sacerdote tramposo…
Gorosuke se estiró rápidamente para agarrar la espada antes de que está saliese de su rango, pero sin darse cuenta había caído en la misma trampa que él mismo había preparado. Al lanzarse a por su katana sin pensárselo demasiado, miró hacia arriba dejando el cuello completamente al descubierto; hecho que aprovechó el habilidoso sacerdote para en un rápido paso frontal, asestarle un shuto (Golpe con el canto de la mano) en el lateral del cuello.

No fue un golpe normal, de eso se percató inmediatamente el experimentado guerrero, había recibido muchos golpes a lo largo de su vida, pero ninguno se asemejaba a lo que ese golpe le produjo. Una sensación de frio electrificante le recorrió toda la espina dorsal, desembocando en sus extremidades pero atacando muy dolorosamente al cerebro. No podía explicar la razón, pero se quedó completamente inmóvil; ni un solo dedo podía mover, ni hablar o pestañear le era posible por más que lo intentara. La moneda calló sobre su frente y rebotó contra el suelo. Esto le hizo percatarse de algo importante.

- ¡Si no me muevo voy a ser atravesado por mi propia espada! – Pensó mientras veía como su katana giraba elevándose en el aire hasta perder fuerzas y comenzar a descender hacia su cabeza, tampoco tenía opción a mirar otra cosa ya que no podía ni cerrar los ojos - ¡Ugoki! ¡Ugoki! ¡UGOKI! (muévete x3) ¡Muévete maldito cuerpo! – Hacia ya mucho tiempo que no sentía tanta desesperación y miedo como en ese momento, se sentía preso en su propio cuerpo, inmóvil, inútil, indefenso y por mucho esfuerzo que pusiera para tratar de mover un musculo apenas conseguía más que un simple espasmo como respuesta. 

La katana descendió hasta estar a la altura de la cara de Gorosuke, el cual se creyó muerto inevitablemente, pero cuando la punta de la espada estuvo tan cerca que pudo ver reflejado su ojo en la hoja de esta, sintió un súbito y brutal impacto en el pecho que lo empujó con tanta fuerza que lo alejó de la trayectoria de la espada, haciéndole hacer de espaldas un par de metros más atrás; el impacto fue tal que las briznas de hierva de los alrededores de agitaron con el viento generado. El sacerdote lo había golpeado con ambas palmas de las manos en vertical, una arriba de la otra, apuntando con su diestra al cielo y con su inversa a la tierra.

Gorosuke expulsó el contenido de su estómago antes siquiera de caer, rodó por el suelo y se recostó para no asfixiarse con su propia tos. De alguna manera ese golpe lo había liberado de su repentina parálisis. Se llevó las manos frente a sus ojos y las cerró varias veces para comprobar que podía moverse; se limpió los rastros de vomito de la barba con su manga; comprobó la porquería que se le había quedado pegada en la tela y tras olisquearla un poco la refregó por el suelo para limpiarla; Comprobó el lugar donde había a parar su espada, se había clavado a un metro escaso del sacerdote; Miró como los demás monjes del templo se reían de su desgracia y les lanzó insultos y amenazas para que callaran; Finalmente se levantó con un poco de esfuerzo ya se sentía mareado del tremendo golpe que acababa de recibir, se sentía peor que la coz de un caballo encabritado y eso que llevaba armadura; caminó con prudencia hacia el sacerdote, el cual en ningún momento había inmutado su cara de bondad y con un gesto de la mano le ofreció acercarse para agarrar la espada clavada en el suelo.

- ¡Te voy a rebanar tanto que esta noche cada uno de tus amigos va a tener un asqueroso filetón de monje que llevarse a la boca! – Gorosuke exultaba furia, sin lugar a dudas ese monje le había sacado de sus casillas.

El sol se había ocultado definitivamente y la oscuridad ya reinaba en el templo, así que los monjes procedieron a encender las lámparas de roca, comenzando por las más cercanas al duelo, para no perder detalle de lo que estaba ocurriendo. Solo la luz de los pequeños fuegos  iluminaba a los contrincantes, cada uno proyectando sombras en distintas direcciones. 

Caminó a por su espada sin quitarle un ojo de encima al sacerdote, mirándolo con gran odio, planificando como seria su siguiente movimiento, pero cuando estuvo cerca de agarrar su espada, esta salto del lugar sin que nada la tocase aparentemente, girando en dirección al Onmyouji el cual, en cuanto tuvo oportunidad la pateó justo en el pomo, lanzándola con fuerza contra su enemigo como si de una flecha se tratara. Gorosuke pudo esquivarla por los pelos, y gracias a su Yoroi (armadura) ni siquiera se llevó un rasguño, pero realmente no se esperaba una jugada tan sucia por parte de un hombre de fe. Sus miradas se cruzaron de nuevo, pero esta vez… quizás por la escena que acaba de acontecer o quizás porque en su cabeza calva se reflejaban las luces de las linternas y en su cara se dibujaban siniestras sombras, la expresión del monje no le pareció de bondad, sino de extremo sadismo, con sus ojos entrecerrados y su amplia sonrisa; este le hizo un gesto con la cabeza para indicarle que puede ir a recuperarla.

Gorosuke muy indignado, asintió suavemente repetidas veces mientras se giraba para ir a por ella sin dejar de mirar al sacerdote de reojo por si acaso. No podía esperar para rebanar a ese monje, saboreaba mentalmente la victoria mientras relamía sus propios dientes. Caminó a por su espada fijándose bien en sus alrededores, no podía ver bien a donde había caído esta, pero por la trayectoria casi seguramente había aterrizado fuera de la puerta.

- No volveré a caer en tus trucos cabronazo. – Hablaba con el sacerdote mientras trataba de analizarlo todo a su paso – Se cómo haces esas cosas. Lo de mover mi espada sin tocarla… puedo ver más allá de tus engaños, todo lo haces con hilos finos. – Agitaba la mano entre las linternas, por debajo suya, por su alrededor... en todas direcciones buscando algún hilo oculto. - Sé que pretendes cerrar la puerta en cuanto salga por la espada y dejarme fuera. Pero descubriré el hilo y no te dejaré tenderme la trampa.

Las linternas de la muralla donde estaba ubicada la puerta comenzaron a encenderse paralelamente desde los exteriores hasta el centro sin que nadie las prendiera, una tras otra con velocidad hasta que las dos últimas linternas se habían encendido, y fue entonces cuando un gran fogonazo azul restalló en el centro. La salida estaba en llamas, llamas rabiosas, llamas azules, llamas que no eran de este mundo y del interior de esas llamas emergió un hombre al cual las llamas parecían respetarle ya que dejaban un corto espacio a su alrededor sin arder. Este hombre era un sacerdote onmyouji, pero a diferencia del anterior, los colores que vestía no eran naranja sino rojos. Este tenía los brazos ardiendo, y sus tenues llamas azules se conectaban por detrás de su espalda pero sin tocarla, levitando a varios palmos de esta, como si un llevara un mando ardiente que está siendo azotado por el viento. 

- El sacerdote Matsushita ha tomado un voto de silencio, no puede hablar ni derramar una gota de sangre dentro de un recinto sagrado. – El nuevo contendiente hablaba con amabilidad. – Estoy seguro de que si pudiera hablar te diría que abandonases el lugar pacíficamente, que ya te ha perdonado la vida en dos ocasiones ¿Cuántas pruebas más te hacen falta para que entiendas que no puedes derrotarlo? – Estas palabras, lejos de tranquilizarlo o hacerlo entrar en razón le provocaron aún más.

- Uno tras otro no dejan de aparecer monjes molestos como sucias ratas… ¿Cuántos de vosotros tendré que cortar para que me llevéis a la espada? – Gorosuke gesticulaba con furia mientras hablaba. – Te diré una cosa… la piedad es el peor de los defectos en un combate y si tú, monje de mierda… – Le señalo con el dedo extendiendo todo el brazo. –…No muestras un poco más de espíritu combativo que él… – esta vez señaló al otro sacerdote. - …Vas a acabar muerto, así que hazte a un lado y no me hagas perder más el tiempo.
- Oooh… Creo que no me he presentado aún. – El sacerdote sonrió de manera burlesca con gran confianza en sí mismo. – Mi nombre es Wadatsuni, Sacerdote Onmyoji de dos estrellas, el encargado de velar por la seguridad de la espada “Kabayomi” y… para tu desgracia… - Las llamas que rodeaban su cuerpo se volvieron más violentas y altas, e incluso algunos fuegos fatuos se predieron flotando a su alrededor. – ¡Yo no he hecho ese voto!
- ¡OMOSHIROI! (Interesante) – Gritó Gorosuke con una diabólica sonrisa en la que se le podían ver todos los dientes. 

6 sept 2016

LA ESPADA KABAYOMI - 2º Parte




Tras descubrirse cual es el objetivo del fuerte e impresentable Gorosuke, robar la espada de Kabayomi, este inicia su viaje hacia el templo de "oniyama" donde 12 monjes Onmyoji la custodian.
Esta 2º parte describe las desventuras que le suceden por el camino y le he puesto esfuerzo en tratar de evocar la ambientación, la cual creo que es importante en este tramo la aventura.
Al final la historia no se va a dividir en 3 partes sino 5. Prefiero dividirlo en 5 partes mas cortas, ya que quizás leer tres tochacos se puede hacer mas pesado. Espero que lo disfruteis y me comenteis si os gusta y que parte creeis mejorable.

- LISTA DE CAPITULOS

2º PARTE - El JIZOU DE PIEDRA

Era una tranquila mañana de verano más en el bosque que cubría la falda del monte Oniyama, un inmenso bosque compuesto de un sinfín de altos y frondosos pinos verdes, pero por altos que fuesen los pinos no podían ocultar el inmenso pico de este monte, pelado y rocoso, pues la vegetación no alcanza a sobrevivir en tan alta cumbre, otrora blanca y cubierta de nieve. Era una mañana calurosa y las cigarras chirriaban con fuerza inundando con su cante hasta el último rincón del bosque, no dándole tregua al silencio ni a los oídos de los habitantes del bosque. El intermitente graznar de los cuervos no las hacia callar, ni el sonoro bramar de los ciervos buscando pareja las amedrentaba por un segundo, siquiera el crujido de las ramas contoneándose con la ligera brisa podía eclipsar el incesante y ensordecedor chirriar de estos insectos. 

Era verano y el sol caía con fuerza pero no podía evitar quedarse atrapado en las copas de los arboles; apenas unos rayos traspasaban la densa muralla verde, y estos eran visibles gracias al polvo en suspensión, como si de enormes dedos blancos que quisieran acariciar el suelo se trataran. La juguetona sombra de los ondeantes pinos apenas alcanzaba a refrescar el camino de tierra que atravesaba el denso bosque, un camino usualmente transitado por comerciantes y viajeros; pero no a esas horas, no a medio día cuando el sol estaba en su punto más alto y ni los enormes pinos podían refugiarte de su implacable calor. Era una tranquila mañana de verano más en un solitario bosque, hasta que alguien con su voz rompió la ruidosa calma y provocó que los pájaros más desconfiados levantaran el vuelo con estridentes graznos y sonoros aleteos. Por un solo instante, las cigarras callaron.  

- ¡¿Pero que se supone que haces?! ¡GAMBERRO!
- CALLA ANCIANO O TE DARÉ UNA PALIZA

El anciano mercader no cabía en su asombro, así que se bajó del mulo que tiraba el pequeño carro cargado de verduras y corrió hacia el Jizou de roca en el que Gorosuke había orinado. (Pequeña estatua de piedra tallada en roca que representa a un monje calvo, generalmente orando, con un baculo o con una gran perla. Estas estatuillas están por todos los caminos y aunque originalmente era una deidad encargada de guiar a las almas buenas fuera del infierno, se han convertido en la deidad guardiana de los viajeros y los niños) 

- ¿Pero cómo te atreves? – Dijo mirando de cerca la mancha de humedad que se había marcado en la figura. Era un hombre bajito pero aun así tenía que agacharse para estar a la altura del pequeño Jizou - ¿Es que no tienes árboles en el campo para hacerlo? ¿Tenías que mear precisamente en EL? – El anciano comerciante estaba muy enfadado y gesticulaba fuertemente con las manos; no parecía mostrarle miedo a Gorouke.
- Meo donde me da la gana viejo de mierda – Le contestó mientras se ataba el hakama (Pantalones del kimono).

El anciano volvió al carro y levantó la tela blanca que cubría la mercancía para que no se estropee con el sol y el polvo del camino. El descarado ronin aprovechó para darle una mirada furtiva al interior del carruaje, sin demasiado disimulo y sin ninguna buena intención. El mercader rebuscó entre sus pertenencias hasta dar con lo que quería; un paño y una vasija de agua. Con esto en la mano caminó de vuelta al Jizou, se arrodilló ante él y comenzó a limpiarlo mientras se disculpaba ante la deidad.

- Debería darte vergüenza, deshonrar así a un dios… - De espaldas al pequeño hombre se le hacía más evidente su calva, solo poblada por pequeños manojos de pelos en sus laterales y alguna verruga en lo más alto - ¿Sabes que es el dios de los viajeros? Si le honras te proporcionara un viaje tranquilo y placido. Pero si le molestas… no sé qué sucederá si lo molestas… - El anciano giró el cuello para mirar con malos ojos al blasfemo mientras seguía frotando con el paño la piedra de la estatuilla - ...nadie es tan estúpido para molestar a una deidad de esta manera.

Gorosuke fingió reflexionar sobre las palabras del anciano. Caminaba lentamente hacia la dirección de procedencia del mercader de verduras mientras se rascaba la barba con gesto pensativo, hasta que finalmente llegó a la altura del carruaje y apoyó su brazo derecho en lo alto, dejando caer su peso en este. Sacó la calabaza donde guardaba el agua y aprovechó para darle un trago, ya que caminar con armadura bajo este infernal sol no le estaba trayendo más que problemas y necesitaba refrescarse.

- Oi viejo, ¿no eres muy mayor para andar creyendo esas historias? ¿Qué edad tienes? ¿100 años? – Gorosuke se burló del atareado anciano y rió con fuerza solo para que lo escuchara.
- No deberías reírte de los dioses joven samurái… - Se tomó un descanso en su labor para secarse el sudor de la frente y darle una merecida reprimenda - ellos están en todas partes, pueden oír y ver lo que haces; juzgan cada acción, cada palabra, cada pensamiento; y si te llenas de karma negativo de esa manera… como te topes con un dios maligno… bueno, ni esa espada tuya podrá salvarte.

- No me hagas reír viejo chiflado ¿están en todas partes dices? ¿Y donde están ahora? Yo no veo a ninguno – Gorosuke aprovechó que la manga de su brazo derecho creaba una pequeña pantalla entre carro y el (Debido a que lo tenía extendido por estar apoyado en el carro) para con su brazo izquierdo, disimuladamente comenzar a hurtar los más frescos vegetales sin que el anciano pueda ver nada.
- ¿Tu que vas a ver a los dioses? – El anciano parecía molesto ya que enfurruñaba su arrugada cara y frotaba con más fuerza la pequeña estatua esculpida en la piedra – Solo las personas devotas y los que han nacido con un don pueden verlos.

- Que conveniente para los cuentacuentos ¿no crees? – El tono burlón de Gorosuke no buscaba más que provocar al comerciante.
- Cree lo que quieras… me da igual – El pobre hombre ignoró al maleducado Gorosuke y se centró en limpiar la orina de la estatua.

Cuando estuvo satisfecho con la cantidad de verdura afanada, Gorosuke la ocultó bajo la armadura y se la colocó bien para disimular. Reanudó su caminata, pero se acordó que hay una pregunta que quizás el recién conocido viajero podría responder.

- Oi viejo – no se quiso girar para que el anciano no se percatara del bulto que ocultaba bajo la armadura – Cuando venias hacia aquí… ¿Pasaste por la entrada al tempo de la montaña?
- ¿Para qué quieres saberlo? ¿Vas a ir a mearte en sus muros? – le replicó molesto.

- Deja de joder o le parto las ruedas a tu carreta de mierda y te quedas sin vender nada. – Le amenazó mientras daba golpecitos con sus pies en las ruedas de madera - ¿A qué distancia estaba?
- Llegaras a ella mucho antes de que empiece a atardecer. – Esta vez sí le respondió con algo de miedo, no le agradaba la idea de quedarse tirado en mitad del camino con tanta verdura sacada de la tierra con tantísimo esfuerzo.

Gorosuke retomó el camino y levanto un brazo para hacerle una señal de despedida al anciano vendedor de verduras. Al menos le había servido para romper con la monotonía del camino, ya que estos calurosos días, hasta avanzada la tarde cuando el sol comienza a retirarse y la sombra gana terreno al camino, es raro cruzarte con alguien con quien cruzar palabra en ese sendero.

- Bien, voy bien – se dijo a sí mismo - El viejo Kojita me dijo hace dos días que el templo estaría a menos de tres días de camino, y este estúpido viejo me ha dicho que llegaré antes de que atardezca, así que voy con tiempo de sobra.

Una piedra en el camino hizo tropezar al ronin y lo sacó de sus positivos pensamientos. No llegó a caer pero el pequeño susto lo molestó. Un asustado faisán cruzó el sendero en busca de un lugar más alejado del humano, el cual confundió su canto con una humillante mofa.

- Será posible… - Gorosuke se agacho al suelo, agarro la piedra y se la acercó a la cara mirándola con desprecio, como si tratara de intimidarla. Le dio un vistazo a los alrededores y confirmó lo que se temía – Una única puta piedra en el camino y tengo que tropezarme con ella… - la lanzó dentro del bosque con rabia sin olvidarse de maldecirla con palabras malsonantes.

- Bien, bueno… - se abrió un poco la armadura para comprobar que la mercancía robada no se había aplastado – Con esto tengo de sobra para llegar al templo y volver de nuevo al pueblo – El gigante volvió a tropezar, pero esta vez se le cayeron algunas piezas de verdura y la calabaza de agua con la que se ayudaba a soportar el tremendo calor que hacía; con suma rapidez estalló en cólera. Agarró la piedra y apretándola como si tratara de hacerle daño, la zarandeó mientras la insultaba, hasta que finalmente la acabó arrojando hacia los matorrales con toda la fuerza que pudo.

- ¡No había ninguna puta piedra! ¿Me estoy volviendo ciego o que me pasa? Chikusoooo (Como decir, “mierda” o joder” en español)

Recogió las verduras que no se rompieron al caer, las sopló y sacudió el polvo del suelo, pero lo que peor le sentó al enojado Gorosuke fue el haber perdido la mayor parte del agua con la que contaba para el camino. 

Esta vez no cometió el mismo error de antes y prestó más atención al camino, el cual, a cada tramo se volvía más pedregoso, como si de un cambio brusco de región se tratara, hasta el nivel de que casi no podía caminar sin pisar piedras; cosa que los pies y tobillos del enorme viajero no agradecían en absoluto. Las sandalias de esparto se desquebrajaban, pequeños guijarros saltaban al interior del calzado, y las piedras más grandes sino se clavaban en el pie producían que los tobillos se doblaran de manera poco recomendable.

- Putas piedraaaas – No dejó de quejarse del estado del camino hasta que encontró otra cosa más molesta de la que quejarse - ¡Callad de una puta vez estúpidas cigarras! – El molesto Gorosuke comenzó a arrojar piedras a los árboles para tratar de molestarlas y hacerlas callar, ya que el chirriar de estas se había vuelto mucho más intenso, muchísimo más intenso de lo que sus oídos podían soportar.

- ¡Urusai! ¡Urusai, urusai, urusaiii! (cállate) – Fuera de sí, salió fuera del camino establecido y pateó un pino con toda su fuerza, sin ningún tipo de silenciosa recompensa a cambio - ¿Y cómo ha pasado ese viejo con el carruaje por este camino de mieeerda? – Remarcó bien la palabra mierda – ¿Esas ruedas de madera no deberían de haberse partido o atorado? ¿Qué cojones pasa aquí? Es imposible.
Gorosuke se sentó sobre una pequeña roca en la linde del camino para relajar un poco los nervios. Secó el sudor cuanto pudo, abrió la armadura un poco para que entrara el aire en zonas donde hacia horas por las que no transpiraba, dio un ligero sorbo al poca agua que le quedaba. Se taponó los oídos con sus gruesos dedos pero no logró aislarse del ruido de las cigarras; cerró un momento los ojos para tratar de calmarse, contó hasta 10, aspiró, expiró, se sacó los dedos de los odios y al darse cuenta de que las cigarras sonaban incluso más fuertes de lo que recordaba volvió a gritar maldiciones contra el camino. Es un hombre poco paciente pero lleno de recursos, ya que ha dormido la mayoría de las noches de su vida en plena naturaleza, y sabía que si no quería enloquecer debía hacer algo con esos molestos insectos. De una brizna de hierba se improvisó unos tapones de oído y se los puso para aliviar un poco el ruidoso caos provocado por las cigarras.

Miró con recelo el pico del monte oniyama, el cual asomaba por la copa de los danzantes pinos. Llegó a sopesar la idea de atravesar el bosque hasta llegar a la cima y desde allí bajar a donde quiera que esté el templo; cruzar la montaña en lugar de rodearla sonaba más rápido sin lugar a dudas, pero pensándolo mejor y viendo el denso follaje del bosque… entre altos arbustos, espinosas zarzas y pegajosas semillas deseosas de adherirse a cualquier tejido… quizás el pedregoso camino no estaba tan mal.

Más positivo y confiado está vez, retomó la marcha. La idea de quitarse la armadura por un rato le sedujo, pero la descartó rápidamente ya que él sabía, por experiencias pasadas, que podría encontrarse con un enemigo a la vuelta de la esquina y este no le daría la oportunidad de colocársela de nuevo. Trató de caminar por un lateral, para arrimarse más a la sombra de la linde, pero esta parecía esquivarle e inclinarse hacia las afueras, donde los densos arbustos harían imposible caminar. Ya habían transcurrido muchas horas desde que se encontró con el anciano comerciante, pero tenía la sensación de haber avanzado poco, ya sea por la dificultad e incomodidad de caminar por el pedregoso camino o ya sea por el intenso calor que debilitaba la mente y cuerpo del pesado guerrero. Incluso habiendo transcurrido horas ya desde el mediodía, los árboles se negaban a compartir su sombra, a pesar de que el sol se estaba preparando ya para ocultarse en el horizonte.

Con la mirada cansada, los ojos entrecerrados, la cara empapada en sudor, usando su katana a modo de bastón y con una armadura tan caliente que provocaba que el aire refractase ondeante la luz, Gorosuke llegó a un punto en su travesía en la que las piedras dejaron de abarcar todo el camino. Al ver próximo este descanso para sus pies tomo aire aliviado tan profundamente que levantó la mirada al cielo para hinchar aún más sus pulmones. Su júbilo no dejó de crecer al ver que rápidamente el camino se inundaba de sombras, como si estas súbitamente hubiesen recordado su labor de refrescar el viaje y como las cigarras tomaron un descanso en su cantar, hasta volver a los límites de la normalidad. Si no estuviese seco y casi deshidratado, Gorosuke hubiese llorado de felicidad.

No tardó en encontrarse con el primero grupo de viajeros. Tres hombres a caballo, uno de ellos acompañado presumiblemente por su esposa; trotaban en dirección contraria a la de Gorosuke, el cual nada más verlos caminó rápidamente en su dirección. Estos pararon, algo asustados, ya que si el aspecto normal del ronin era intimidante, verlo con tan mala cara y con su katana fuera del cinto era más que pavoroso.

- Amigo – Dijo con una voz áspera, digna de una persona en la que por su garganta no ha transitado más que seco polvo en horas; o quizás una voz áspera digna de un malvado Oni de los que tanto se dice que habitan en la montaña. - ¿Tienes agua?
- Sí, claro – Dijo el hombre de mediana edad que encabezaba el grupo.
Se bajó de su caballo y le ofreció una calabaza.

- Samurai-san ¿puedo preguntarle que le ha pasado? – Gorosuke no era un hombre acostumbrado a bañarse o cuidar su estética mínimamente. Presumía de solo bañarse únicamente cuando el reglamento de un burdel lo exigía para entrar; pero su aspecto actual distaba mucho incluso de su desgreñado aspecto habitual, lo que lógicamente preocupó al viajero, sobre todo al creerlo Samurai, los cuales generalmente solían cuidar su imagen.

El agotado Gorosuke bebía de la calabaza llenándose los carrillos y emitiendo más ruido del que produciría una manada de sedientos caballos que acaban de llegar al abrevadero. Con una mano sostenía la calabaza y con la otra la mantenía estirada para mantener las distancias con su benefactor, por si se le ocurría retirarle el agua creyendo que ya había bebido demasiado. Tras sentirse satisfecho derramó el agua restante sobre su cabeza y los chorros de aguas dejaron surcos en su piel de tan sucio que estaba.

¡Oi! – Lógicamente el viajero se molestó al verlo derramar el agua que le había ofrecido y trató de agarrar la calabaza que le había prestado, pero como había previsto el astuto ronin, se encontró con su largo y fuerte brazo bloqueándole el camino. Su otro amigo montado a caballo, le hizo un gesto de que no se preocupara, ya que se podría complicar la vida si se mete con alguien así.

Gorosuke le devolvió la calabaza y sin agradecerle o responderle la pregunta les habló de otro tema mientras se secaba la barba con la manga.
- ¿Viniendo hacia aquí os habéis encontrado con un templo? – Le devolvió la calabaza vacía.
- Si… por ese camino del que venimos está la entrada para subir al templo “Oniyama”... no tardarás en encontrártela. – El hombre montó de nuevo en su caballo mientras se preguntaba que asuntos llevarían a una persona tan desagradable a querer visitar un templo.

Tras despedirse suavemente, ambos retomaron sus respectivos caminos, pero a Gorosuke se le ocurrió que quizás debería aconsejar a ese viajero que de tanta ayuda le había servido.
- ¡Oi amigo! – Le grito desde la distancia – Escúchame, vengo por ese camino y te digo que no es buena idea ir con caballos por ahí. Está lleno de piedras de mierda y los caballos se van a torcer las patas.
- ¿Qué? ¿Piedras? – Parecía sorprendido mientras miraba a sus amigos– Samurai-San me recorro este camino semanalmente y puedo asegurarle que hay pocas o ninguna. Creeme, lo conozco bien.
- ¡¿Qué no hay… - El mal pronto no dejó terminar la frase a Gorosuke y rápidamente corrió hacia el mientras desenvainaba la espada con intenciones claramente hostiles. El grupo se asustó y ordenaron a los caballos acelerar la marcha, dejando al furioso samurái muy atrás.

- Será hijo de puta desagradecido… ¿Qué no hay piedras dice? – Gorosuke había tenido uno de los viajes más duros de su vida, y estaba demasiado sensible con el tema, como para que un desconocido viniera a decirle a la cara que ese camino no era tan duro como el cree.

Al menos lo que dijo no era mentira y antes de que esos pensamientos salieran de su mente, se encontró con que en el borde del camino había un gran Torii (Una puerta sagrada que indica la entrada a un reino sagrado, ósea ser, un templo. Un torii son dos columnas de madera sobre la que están conectadas dos travesaños que hacen la vez de marco superior, o tejadillo. Son de color rojo con ciertos adornos negros).

Al acercarse más pudo ver en un pequeño pilar de piedra adyacente, un grabado que indicaba que, tal y como suponía, era la entrada al templo “Oniyama”. Tras el Torii se alzaba otro sendero que ascendía el monte hasta, presumiblemente, la entrada del templo. En un lateral de la entrada había otra estatua Jizou, pero esta vez un poco distinta a la que se cruzó hace unas horas, en un lugar de un pequeño monje, eran tres, todos tallados desde la misma roca y con más detalle que el primero que vio en este camino. Bajo el Jizou había un pequeño altar donde los viajeros le mostraban sus respetos dejándoles ofrendas tales como flores, frutas y, como era el caso de este, Sake.

Gorosuke no pudo creer la suerte que tenía al encontrarse una copa de sake tras tan duro camino. La agarró y dio un suave golpecito con esta en la frente de la estatua, brindando en su honor. Cuando se llevó la copa a los labios recordó lo que el viejo mercader le había advertido. “Si molestas al jizou no podría saber que te sucederá”. Retiró molesto la copa sin darle un sorbo.

- Puto viejo… ¿Qué sabrás tú? Mi viaje ha sido una mierda por que el camino es una mierda, no hay nada que pudiera hacer. – Mientras se decía esto así mismo en voz alta para convencerse, se acordó de que el viejo mercader atravesó ese camino pedregoso con un carruaje, que claramente no estaba adaptado para ese tipo de camino. O incluso se acordó de las palabras del otro viajero que decía conocer bien el camino y aseguraba que no había piedras.

Dejó la copa en el altar y le acercó la cara tratando de poner una mueca intimidante mientras trataba de clavarle el dedo índice en la mejilla para incomodarlo más.
- Mendokusai… (Que molesto) No me creo una mierda ¿me oyes?-Korá (Se usa para enfatizar. Queda muy vulgar decirlo) – realmente Gorosuke hacia eso para demostrarse a sí mismo que no creía en esos mitos.

Fan Art realizado por Pilar Benitez. Muchisimas gracias¡

- ¡Papa! ¿Qué está haciendo ese señor? – Se escuchó de muy cerca la voz de un niño.
Un hombre joven, de no mucha más edad que Gorosuke, cruzaba el torii junto con su hijo pequeño y su hija pre-adolescente, la cual lo miraba con desagrado. No era difícil suponer que venían del templo. Al darse cuenta de su vergonzosa posición, amenazando a una estatua de piedra, trató de disimular su acción y simuló estar rezándole a la deidad, aunque por su postura se veía más que evidente que el jamás había rezado y solo imitaba algunos gestos que había visto, sobre todo a personas a sus enemigos derrotados justo antes de darles el golpe de gracia. Para Gorosuke rezar era algo humillante, pero más humillante le parecía el que lo mirase así una chica; que se va a hacer, sin duda alguna las mujeres eran la debilidad de Gorosuke, aunque posiblemente ella aún ni siquiera sea una mujer.

- No molestes al señor, Minoru-chan – le dijo a su hijo pequeño mientras le agarraba la mano (Recuerdo que –chan puede usarse para referirse a mujeres jóvenes y a niños) – Posiblemente sea un vagabundo viajero que está rezando para tener un camino tranquilo. Vámonos que se nos va a hacer de noche.

El hombre siguió su paseo con su hijo agarrado de la mano, pero la pequeña chica, ataviada con un poco elegante kimono de campesina se le quedó mirando con cara de desprecio unos segundos más. Gorosuke nerviosamente fingía rezar pero no dejaba de mirar de reojo a la chica, la cual se negaba a darse la vuelta y tomar el camino con su padre.

- Kuso Gakki… ¡kiero! (Maldita mocosa, vete ya) - Pensó para sí – Esto es humillante maldita sea.
- Kimochi warui… (Repugnante…) – Diciendo esto con un tono de voz frio y hostil, se giró para por fin, ponerse a la altura de su padre. Estas palabras se clavaron en el corazón de Gorosuke como una ardiente flecha; sintió vergüenza por haber sido menospreciado por una niña y también asco propio por no ser capaz de darle una lección a esa maldita mocosa y preferir mantener esa falsa oración, fingiendo no haber escuchado nada.

Cuando esta familia se había perdido de vista por el camino, Gorosuke se puso de pie mascullando entre dientes maldiciones a la niña.
- Maldita niña maleducada… ¿Quién te crees que soy? ¡EH! Si tuvieses unos años más te habría puesto en tu lugar, mocosa.

Al otro lado del torii se encontraba un enorme pilón de agua, fabricado por manos humanas, de barro y madera, con los kanjis de “purificación” grabados en él. Unos pequeños cazos con unos larguísimos mangos descansaban en sus bordes. Gorosuke bendijo la buena idea de los monjes de ofrecer una fuente de agua para los viajeros y no perdió la oportunidad de sumergir en ella su calabaza para llenarla. Lo que él no sabía es que esa fuente realmente es una fuente de purificación, y que su fin no es beber de ella sino usarla para lavarse las manos y limpiar así cualquier rastro de suciedad, ya que entrar sucio en un reino sagrado como lo era un templo, se consideraba una falta de respeto hacia los “Kami” (Espíritus o dioses) que lo habitaran. 

Al fin, bajo el torii miró el camino de ascenso hasta el templo improvisándose una visera con la mano para tapar los molestos y anaranjados de rayos de sol del atardecer. Posiblemente el camino sea cansado al ser una larga subida, pero no le tomará mucho y estimaba llegar arriba del todo con los últimos estertores de luz. Dio dos palmadas cariñosas a la columna del torii, como quien de las da al trasero de un caballo, y emprendió la marcha a la cima de la montaña.